Alfredo Bryce: “No soy un hombre nostálgico”

Ilustración de Mario Molina

Rompetexto es el horrible nombre que usamos los periodistas para llamar a una pequeña pieza de texto que se puede insertar dentro de una entrevista, entre pregunta y pregunta, para darle un respiro al lector. Cuando uso este recurso, que lo hago poco, por lo general cuento algo que no estaba dentro de la dinámica de las preguntas y respuestas, pero que es igual de significativo, porque ayuda a dibujar el temperamento del personaje. Escribí dos rompetextos para esta charla con Alfredo Bryce. Uno primero sobre las caminatas que hace en el parque Quiñones de San Isidro, que usé en la versión que publicó La República. El otro describía una escena que parecía sacada de uno de sus cuentos. Mientras apuraba un vodka tonic, Bryce me explicaba que se había embarcado en el redescubrimiento de la música del italiano Doménico Modugno. De pronto, de alguna manera, el escritor entendió que yo no conocía a Modugno, así que se puso en plan didáctico. “Modugno es autor del tema que quizá sea el más cantado de la historia de la música”, me dijo. Y entonces, sin pensarlo mucho, entonó con su mejor acento romano: “Volareeee oh oh, i cantare oh oh oh oh…”. Fue un homenaje al joven Bryce que se cachueleaba cantando a Sinatra en el Negro Negro, uno de los bares inmortalizados por Vargas Llosa en Conversación en la catedral. Un homenaje a sí mismo.

“Yo era un indio. O sea, algo que en mi casa limeña estaba totalmente prohibido ser porque, entre otras cosas, éramos descendientes de una fina estirpe de virreyes de medias tintas y presidentes que se codeaban con la nobleza de Praga…” (A trancas y barrancas. 1996). “Que el genial Vallejo me perdone, pero también hay golpes de suerte en la vida, tan fuertes… Yo sí sé” (Permiso para vivir. 1993). “La depresión es principalmente una autoagresión, una feroz autocrítica y permanente y cruel autoobservación que nos paraliza” (Entre la soledad y el amor. 2005). Bryce habla de Bryce. Aforismos, la última publicación que lleva su firma, trata de resumir una carrera de 48 años como escritor. Son decenas de frases o sentencias recogidas de toda su obra. Allí están Lima y también París. Están Hemingway, Stendhal, y Cortázar, sus modelos. Está Vallejo, su amigo Ribeyro, y un Vargas Llosa distraído que olvidaba pagar en las librerías parisinas. Están el cine y la música. Está Nat King Cole, que aparece en cinco de sus libros. Todos esos tópicos se muestran fugazmente en 200 páginas. También están aquí, en esta conversación. Son los temas que resumen su vida sumados a los cuestionamientos que lo persiguen hace años. Bryce por su propia mano.

Aforismos es una colección de recortes, frases y citas sacadas de todos sus libros, pero a algunas personas les parece una despedida más que un homenaje. ¿Se lo han dicho?

No.

¿Qué es para usted esta nueva publicación?

Bueno, este libro ha sido el trabajo de mi editor, que también es mi amigo. Han sacado frases de todos mis libros, por temas. Yo ya vi el libro hecho, no vi los textos cada uno. Confié totalmente. Y me alegro mucho, es un libro que ha tenido mucha acogida.

Me he quedado con una frase tomada de un tomo de sus antimemorias. Dice: “La nostalgia surge siempre de lo irrecuperable, pero posee al mismo tiempo una asombrosa carga de vida latente que la hace mucho más compleja que el recuerdo”. Lo que quería preguntarle, luego de esto, es, ¿qué tan nostálgico es usted? ¿En la escala del 1 al 5, dónde se ubica?

No. Yo te diría que del 3 no paso. Tengo buenos recuerdos. Creo que he estado atento a todas las cosas que me han sucedido en la vida, he sacado conclusiones, he sabido aprender de las cosas malas y buenas, estimulando las buenas. No soy un hombre nostálgico. Como tú bien dices, la nostalgia empieza por lo irrecuperable y yo siempre tomo el ejemplo de Cien años de soledad: “Ante el pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Y eso ocurre cuando el personaje ya es viejo, es lo irremediable, lo van a matar. Ese es un ejemplo típico de nostalgia, que es distinta al recuerdo.

Hablemos de sus recuerdos, entonces. Hay uno que usted debe guardar con pesar, el que su padre no viera publicado ninguno de sus libros.

Eso me dio una gran pena, mi padre era un hombre totalmente distinto a mí. Era tan distinto a sus propios hijos y a mi madre. Era un solitario. Acabo de ir y venir de un viaje a Tarma, donde iba con él muy a menudo. Él era un amante de los andes. Esa era mi posibilidad de hablar con él, porque era muy callado. Este viaje a Tarma me hizo recordar todos esos viajes. Y sí, él murió el mismo año que yo publiqué mi primer libro.

Huerto Cerrado…

Sí, Huerto Cerrado, en efecto…

Y sus viajes conmigo lo obligaban a decirme, aunque sea, “vamos a cambiar la rueda del carro”. Esa ya era una conversación. Yo lo observaba, él me observaba. Lo aprendí a querer por esos momentos de soledad compartida.

Me interesa como describe a su padre. Usted dice que era muy callado, que tenía un temperamento anglosajón, que era casi un inglés nostálgico, pero también fue el que más lo conectó con el país, por estos viajes que hacían…

Sí, es verdad. Eso y San Marcos (un hecho en el que también tuvo que ser su padre), fueron mi llegada al país en el que nací. San Marcos me impactó mucho porque había estudiantes de todas las clases sociales…

Si su padre era tan parco, ¿de qué hablaban en esos viajes por el interior?

De lo que él decidiera. Él era muy parco. Un día fui a la peluquería con él. Cuando se sentó, el peluquero lo llenó de sábanas y le preguntó: “¿Cómo quiere que le corte el pelo hoy, Don Francisco?”. “Sin hablarme”, le respondió. Ese era él. Un tímido que defendía su derecho al silencio. Y sus viajes conmigo lo obligaban a decirme, aunque sea, “vamos a cambiar la rueda del carro”. Esa ya era una conversación. Yo lo observaba, él me observaba. Lo aprendí a querer por esos momentos de soledad compartida.

Hablemos de Lima. Volvió el 2009 a esta ciudad. ¿Ya se ha reencontrado con ella?

Sí. Aunque a veces es desconcertante absolutamente para todos, creo yo. Si uno la observa atentamente es más desconcertante que nunca. Es una ciudad que acaba de ser elegida como la ciudad más peligrosa del mundo para manejar un auto. Es violenta, agresiva. Yo la observo serenamente. A veces me voy a los andes, o cuando quiero me voy al norte o al sur. Para mí, el Perú es ciertos paisajes y ciertas personas. El final de la vida es ese. Y la ciudad de Lima es eso también: ciertos paisajes y ciertas personas.

Hay un fragmento de Permiso para vivir que me llamó la atención. Acaba de volver a Lima desde Europa y escribe: “Salí de una Lima en la que nunca pude aprender el quechua en ninguna parte y hoy vuelvo a una Lima que es la primera ciudad quechuahablante del país”. ¿Trató de aprender el quechua en algún momento?

No, no. Lo que no tuve es ninguna oportunidad de aprenderlo. No lo enseñaban en ningún curso. En San Marcos, que era el pulmón de América, el pulmón del Perú, el quechua no existía. Uno podía estudiar latín o hasta griego, pero quechua no había. Que yo recuerde, en los siete años que estuve en San Marcos, no se enseñaba el quechua.

¿Lima es todavía una ciudad huachafa?

No lo creo. Yo creo que la huachafería limeña es algo que se ha perdido casi del todo, pero que existe en círculos muy limitados de una vieja aristocracia decadente. Todos los años, una amiga mía hace una fiesta por su cumpleaños, con gran inversión de medios, y de comida, y de todo. La vez pasada me chocó tanto eso que no pude entrar a la reunión. Me quedé en la entrada de la casa, sentado en un sillón, y vi entrar a toda la huachafería limeña, estas damas que llevaban pieles y más pieles. Yo observaba eso, era de una ridiculez y una huachafería gigantescas.

Cuando ha querido explicar esto de la huachafería ha recurrido a la ironía. Ha dicho que es difícil identificarla porque los que sabían detectarla eran los limeños netos, que ya no están.

Claro, los que ya no son. Lo que yo quería decir con este recuerdo es que la huachafería estaba allí, entre la gente que más se puede burlar de la huachafería. Ellos eran lo más huachafos. Estas disputas por el nombre y el apellido son absolutamente ridículas.

Sus regresos a Lima siempre han sido interesantes, pero estaba recordando uno particularmente singular. Es el 72, usted ya ha publicado con éxito Un mundo para Julius, y el gobierno militar interpreta que esta novela es una ruptura de clase, que usted está demandando a la aristocracia limeña, y el mismo Juan Velasco Alvarado cree eso, por eso lo invita a Palacio. ¿Cómo se dio esto?

Bueno, me invitaron a un país en el que se decía que había una revolución diferente, ni comunismo ni capitalismo, era la Tercera Vía. Así se hablaba del Perú. Entonces yo recibí esta muy protocolar invitación de Velasco Alvarado, cuando era el mandamás, en su apogeo. Y, bueno, qué puede hacer un general con un escritor: tomar copas, ese es el puente que se podía tender entre ambos. Y Velasco se pasó el tiempo hincándome, me decía: “¿Tiene usted precio, Bryce? ¿Cuánto se le paga para que defienda a este gobierno? ¿Podría ser usted ministro de Cultura?”. Eran montones de disparates de ese tipo. Y yo le decía que no, y que no. Hasta que por fin me dijo. “¿Cómo lo puedo ayudar?”. Le respondí que me nombrara embajador en Venecia. Velasco llamó a un edecán y pidió que tomara nota. Siguieron las copas hasta que llegó el momento en que me tenía que ir, porque ya eran las 6 de la mañana.

¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?

Probablemente estuvimos desde las 8 de la noche del día anterior. Luego deduje que me había engañado, porque yo tomaba whisky y él tomaba té. Estoy segurísimo de eso. A veces a uno la borrachera lo vuelve más lúcido. Y creo que no me equivoco al decir que él trampeaba. Al salir del salón de Palacio, para que me llevaran a mi casa, me despide y me dice: “Alfredo Bryce, yo no lo puedo hacer embajador en Venecia porque no hay embajada en Venecia”. Punto. Allí se acabó la reunión. No sé quién se burló de quién, quién engañó a quién.

¿Se volvieron a ver?

Nunca más

¿Le tuvo simpatía?

Sí, sí. Bueno, yo no le podía tener antipatía porque para mí la estancia en el Perú de ese año -era mi primer regreso después de 7 años- fue muy placentera. Además, los viejos de mi familia, mi padre, sus hermanos, maldecían a Velasco, para ellos era el fin del mundo. Pero yo tenía un cuñado, esposo de mi hermana mayor, director de Oiga, fundador de Caretas…

Don Paco Igartua.

Francisco, sí. Era un tipo maravilloso, encantador. Siempre he dicho que lo mejor en mi familia han sido los cuñados: Paco Igartua y Nelson Bértoli, que vive todavía. Bueno, Igartua apoyaba mucho al régimen, desde Oiga. Apoyó al golpe. Recuerdo como una imagen que cuando le cortaron la pierna a Velasco, sus partidarios sintieron que se la cortaban a ellos. Se sintieron cojos todos. Así lo viví yo.

Bueno, ese dato lo podemos compartir en copas todos los escritores peruanos. Quién no escribe un cuento o una novela sin antes haber consumido una cantidad de alcohol, no mientras se escribe, sino antes o después.

¿Otro presidente lo invitó alguna vez a Palacio?

No, nunca.

Ahora, esta percepción que tenían los militares, la gente de esa época, de que usted trataba de hacer una crítica social en Un mundo para Julius, ¿era correcta? ¿O usted lo que quería era simplemente contar una historia basada en su niñez?

Exacto. La novela es la ternura de mi infancia, tal vez era una despedida de mi infancia. Yo ya estaba en la edad adulta y tenía que responder a todas las negativas que me habían dado para escribir, muy violentamente, por el lado de mi padre. En todo caso, los dos primeros libros fueron una especie de adiós al Perú, por un largo tiempo.

Así que Un mundo para Julius pudo ser una ruptura con su padre, que no apoyaba su carrera como escritor.

Él no estuvo de acuerdo, pero creo que el tiempo nos reconcilió. A la larga él tuvo la razón. Él me escribió una carta brevísima en la que me decía que siguiera mi camino, pero siempre hacia arriba. Eran palabras de un lacónico, estupendas para mí. Y esas palabras me llevaron serenamente por toda Europa.

Ahora hay un cuarto intento por hacer una película de Un mundo para Julius. Dicen que lo único que ha pedido es que el niño que interprete a Julius sea orejón…

¡Es que así es la novela! (Se ríe) Esa es una libertad que me tomo. Creo que la novela está en muy buenas manos esta vez, está por dirigirla y producirla una linda persona, lo que he visto antes de ella es bueno. Y ojalá que vaya bien. Yo no me meto en nada.

Hablemos un poco más de Un mundo para Julius. El libro terminó enfermándolo. Le contó al periodista Sergio Vilela, en un perfil de hace tres años, lo siguiente: “La fobia, la depresión, la tristeza, la ansiedad que me produjo el libro fueron aterradoras. Estuve en un hospital psiquiátrico”. ¿Cómo se escapa de eso?

Me escapé cuando me dieron de alta (se ríe). Esa es la única respuesta que tengo para esa pregunta.

¿Y ese tratamiento continúa hasta hoy? ¿Se prolonga hasta ahora?

No, ya no.

Sí, sí. Y Sinatra me ha apasionado en todas las épocas de su vida. Hay un disco que se llama Sinatra le canta al fin del mundo o algo así, que son canciones patéticamente tristes, ese sería mi disco favorito, pero a partir del quinto trago (se ríe).

Lo involucran siempre con el alcohol. Es un dato extendido por toda Lima.

Bueno, ese dato lo podemos compartir en copas todos los escritores peruanos. Quién no escribe un cuento o una novela sin antes haber consumido una cantidad de alcohol, no mientras se escribe, sino antes o después.

Claro, usted dice que el alcohol no sirve para escribir pero sí para corregir.

Por supuesto. Yo cuando tenía unas copas de más corregía, y al día siguiente veía lo corregido y tenía razón.

¿Ah sí?

Se corrige mejor estando así. Uno es más atrevido.

Quiero hablar de una persona a la que usted le tiene mucho afecto. Es el doctor Ramón Vidal Teixidor, ¿qué representa él para usted?

Bueno, fue un gran médico y un gran amigo. Nunca me expliqué por qué un médico tan inmensamente genial podía ser tan bueno y generoso conmigo. Yo lo conocí en Barcelona, yo estaba en una grave depresión, algo que me llevó a un hospital y él me sacó adelante. Teníamos una relación casi de padre a hijo o una cosa así. Él tenía una hija nomás, y a mí me tomó un cariño enorme. Luego me explicó todo, no se sentía éticamente dispuesto a contármelo hasta la muerte del otro, que era Dalí. ¿Qué pasaba? Que él era médico de Salvador Dalí. Y yo no entendía, por ejemplo, por qué este doctor que vivía en Barcelona y que era catalán se trasladaba hasta París con recetas, pastillas y todo para mi tratamiento. Años después, ya fallecido Dalí, me contó que el pintor le pagaba millones por organizar bacanales, llenas de odaliscas y mujeres, que Dalí miraba a través del ojo de una puerta, porque era un voyeur.

¿Y el doctor Vidal estaba también en estas fiestas?

El médico se dejaba invitar porque tenía que curar al paciente. Y en todo ese tiempo libre que le dejaba su paciente, venía a verme, me llevaba a comer, me llevaba a buenos restaurantes, y yo feliz. Me traía hasta la medicina.

¿Fue él quien le dijo esta máxima que lo ha acompañado buena parte de su vida: Imprima y no deprima?

Fue él. Esa es típica frase de Ramón.

Alguna vez le han preguntado qué es lo más triste para usted. Ha dado varias respuestas a eso: Las 8 de la noche, Navidad o ver algo hermoso completamente solo. ¿Qué es devastadoramente triste para usted?

Navidad. Es una fecha melancólica. La casa de mis padres era patética. Hasta los perros lloraban. Hay una frase de Scott Fitzgerald acerca de la Navidad, en una carta que le escribe a Hemingway, que estaba en el apogeo de su escritura, de su cuerpo, de su manera de vivir. Fitzgerald, que tenía grandes problemas con el alcohol, y esa es la clave de la frase, le dice: “Mi querido Hem, hace 21 días que no tomo un trago, pero ya se acerca la Navidad”. Esa para mí es una filosofía atroz.

¿Podría usted vivir sin música?

No, no podría.

Si tuviera que elegir entre Nat King Cole y Frank Sinatra, ¿con quién se queda?

Creo que no son comparables. Yo prefiero a San Frank Sinatra. Pero depende de qué Sinatra y de qué Nat King Cole. Por ejemplo, a Nat King Cole en español yo lo detesto. Esa cosa que lo hizo tan popular, yo la detesto.

Ansiedad y todo ello.

Sí, sí. Y Sinatra me ha apasionado en todas las épocas de su vida. Hay un disco que se llama Sinatra le canta al fin del mundo o algo así, que son canciones patéticamente tristes, ese sería mi disco favorito, pero a partir del quinto trago (se ríe).

Bryce no escribe ahora. Ni su anunciado tercer tomo de memorias ni las historias que tiene en la cabeza. Su última novela es del 2012; Dándole pena a la tristeza. Es por ahora un observador solitario. Su rutina incluye caminatas matutinas por el parque Quiñones de San Isidro, una pequeña área verde enrejada, con caminos entrecruzados y un foso de arena blanca con juegos para niños. “Aunque nunca he visto un niño en este parque”, dice Bryce. Por las mañanas, mientras se ejercita, a paso lento y con un buzo del Manchester United, el escritor reina en este lugar. Es el momento para dejar libre a sus recuerdos. Para pensar en algunos amigos que ya no están.

Hablemos de su amistad con Julio Ramón Ribeyro. Empecemos por lo menos importante, ambos eran hinchas de Universitario…

No, yo no. Yo jugué en menores de Universitario pero mi equipo fue siempre el Ciclista Lima Association, que desapareció.

¿Y cómo llegó a Universitario?

Bueno, yo era muy aficionado a jugar fútbol con mis compañeros. Tuve la suerte de que un primo mío era hijo de (Eduardo) Astengo, el gran futbolista de la “U” que jugó en las Olimpiadas de Berlín, por allí llegué al estadio de Universitario. Una vez jugué contra el Independiente de Buenos Aires ante Perón y Odría.

¿Ah sí?

Sí. Ganamos 1 a 0. Y yo entregué mi valla invicta, porque era el arquero.

No le creo. ¿Es verdad esto?

Así es. Es cierto. Hay que mirar los papeles viejos, por allí lo va a encontrar.

No, yo ya fui maestro muchos años. Cometí un error al no ir a San Marcos, que era mi querencia. Cometí un error y fui a una universidad llamada UPC. Hasta ahora me arrepiento de no haber ido a San Marcos.

Quiero volver a Ribeyro. Ha contado que antes de ser amigo de Ribeyro fue amigo de un poster de Ribeyro que estaba en el Parque Universitario.

Claro. Habían esos Populibros de Scorza, y como en la colección habían libros de Julio Ramón, pusieron un gran poster de su cara que miraba el ingreso a San Marcos. Lo miraba. Siempre pensaba: “Este señor se ha ido del Perú”. Fue por él que sentí una cierta inquietud por irme también.

Ha dicho que Ribeyro fue su maestro de una forma que no se notaba.

Así es. Tuvimos una amistad muy grande, en las buenas y en las malas. Y las malas casi siempre eran de él, porque su salud no le permitía estar bien, desde muy joven.

Estaba leyendo una entrevista que le hicieron a Ribeyro y a usted, en el 86.

Fue en Debate…

Sí, y allí Ribeyro le lanza la que debe ser una de las mejores preguntas que le han hecho en todas las entrevistas que ha dado. Le dice: “¿Alfredo, tú eres capaz de escribir algo que no tenga que ver con tus experiencias personales?” A la distancia, ¿qué le respondería hoy?  

¿Hoy? Pues que no tuvo la razón, simplemente porque yo he escrito de cosas que no me han pasado. Uno también pone cosas que no le sucedieron, aunque sea para mejorarlas.

¿Qué piensa de la política nacional? ¿Le falta humor? Todo es muy pomposo a veces.

Sí, sí. Todo es muy aburrido y tonto… Pero ahora estamos con un presidente que tiene sentido del humor…

Allí quería llegar…

Allí quería llegar yo también… Tenemos un presidente que por lo del humor no nos podemos quejar. Lo otro vamos a ver.

¿Se ha puesto pensar que tienen la misma edad? Tienen 77 los dos.

Sí. Y yo no entiendo por qué le sacan a este señor su edad, cuando todos los grandes presidentes que conocemos han sido mayores que él: (Winston) Churchill en Inglaterra, (Konrad) Adenauer en Alemania, (Charles) de Gaulle en Francia, y más. Por qué a este señor -que se da unas palizas como la de estar en China un día y al día siguiente estar en la sede de la ONU, en Nueva York, como si no hubiera pasado nada- lo cuestionan por eso. Hay una falta de cultura enorme.

¿Fue a votar en la última elección?

Yo voté por Pedro Pablo y en contra del fujimorismo.

¿En política qué palabra lo define: militante, opositor, apático, descreído?

Apático. No me interesa mucho. Aunque creo que hay que darle tiempo a este presidente, para que se mantenga sonriente (se ríe).

Alguna vez ha dicho: “A diferencia de lo que sucede con los políticos, los países sí suelen tener los pensadores y artistas que se merecen. Desgraciadamente no sucede lo mismo al revés”. ¿A qué escritores no se merecía el país?

Para empezar a Vallejo. Otro podría ser Ribeyro, en prosa.

¿No extraña su vida como maestro? ¿No lo intentaría de nuevo en Lima?

No, yo ya fui maestro muchos años. Cometí un error al no ir a San Marcos, que era mi querencia. Cometí un error y fui a una universidad llamada UPC. Hasta ahora me arrepiento de no haber ido a San Marcos.

Hay dos frases que circulan sobre usted: “A sus libros les sobran páginas” y “Bryce es un autor de un solo libro que escribió cuarenta”. ¿Qué piensa cuando escucha esto?

Nada, hay que seguir adelante.

¿Las acusaciones sobre plagio son caso cerrado para usted?

Para mí sí. Aunque yo quiero llevarlas a mejor puerto. Hay una fiscalía que me ha absuelto y ha decidido archivar el caso definitivamente. Pero, yo prefiero llegar a la Corte Suprema.

Más que el tema judicial, ¿nunca tuvo temor de que los lectores lo dejaran de a pocos por estas dudas que se generaban?

No, más bien ha pasado todo lo contrario. Creo que el afecto es más grande.

¿Perdió más amigos de los que esperaba por este asunto?

No, el único que perdí ya lo recuperé. Es un gran poeta peruano.

Emilio Camacho

Publicada originalmente el 2 de octubre de 2016 en La República.

Titular original: “Para mí, el Perú es ciertos paisajes y ciertas personas. El final de la vida es ese”

Alfredo Bryce en el parque Quiñones de San Isidro, cerca a su casa. Foto tomada para La República por Miguel Mejía. Octubre de 2016.

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