Magaly Solier: “Una vez me dijeron ‘maldita puta chola’. Pero todo eso que leo no me ofende, no soy lo que ellos me dicen”.

Ilustración de Mario Molina

Eran interesantes los días en los que Magaly Solier viajaba por Lima en el Metropolitano. Una de las actrices peruanas que más ha participado en proyectos independientes, y a la que recordamos por cantar en quechua en la Berlinale, paseaba en ese armatoste que cruza la ciudad como si fuera una más de nosotros. Y lo hacía a pesar de su timidez, esa que oculta con referencias a bandas de metal, kung fu y su ánimo bronquero. Hoy, Magaly ha vuelto a Ayacucho pero sigue en el cine, lejos del acoso limeño. Lo que ha descuidado un poco es su interesante carrera musical. Cuando nos conocimos, estaba a punto de presentar un disco en quechua muy potente y reflexionaba sobre lo irónico que era cantar para gente que no comprendía su lengua materna. Aunque no fue mi intención, se divirtió mucho en esta entrevista. Pero creo que lo hizo más con la sesión de fotos de Ana Castañeda. Eso de rodar sobre el patio de su manager, como una niña pequeña, hizo que soltara unas cuántas carcajadas. Obtuvimos muy buenas imágenes aquella vez. Y un gran recuerdo.

A Magaly Solier se le ha ocurrido jugar con la idea del desnudo. Y esta mañana de jueves lo cuenta con la risa atropellada de una muchachita que sabe que se está portando mal. “Cali –le dice a su manager–, qué te parece si uso una licra color carne para salir a escena. Va a parecer que no llevo nada”. Cali Flores sonríe resignado, acostumbrado a las bromas de la actriz y cantante. Hay un ambiente relajado en la casa estudio de Chorrillos, donde ensayan para el concierto que darán el próximo miércoles 2 de abril, en el que presentarán temas del nuevo disco de Magaly: Huantina de Corazón. Pero es mejor no confundirse. No es que Magaly sea muy tolerante con eso de quitarse la ropa. Es más, lo primero que responde cuando la llaman para una película es: ¿Y una tiene que calatearse? Lo que sigue a esa pregunta es otra interrogante. Sus interlocutores de todo el mundo nunca entienden a qué se refiere con eso de “calatearse”, ese peruanismo tan lúdico. Y Magaly debe explicar que lo del calateo no es otra cosa que mostrarse ante cámaras como Dios la trajo al mundo, en cueros. Pero ahora hay que dejar ese detalle. Si en Warmi, su primer disco, contó historias de mujeres del ande, víctimas de la guerra contraterrorista, en su nueva producción quiere reivindicar al huayno y al quechua “para que no sea olvidado”. Por eso ha trabajado con temas recopilados por José María Arguedas. La ‘Coca Quintucha’ de nuestro indigenista más ilustre volverá a los escenarios en la voz de esta ayacuchana incansable.   

¿Qué se siente cantar para un público que disfruta tu música, pero que no te entiende?

Ese es el trabajo más difícil del artista, tienes que lograr que se conecten contigo y sepan lo que estás diciendo sin que puedan comprender el quechua. Y eso es difícil, primero te lo tienes que creer tú mismo, y luego debes hacer llegar al público lo que sientes a través de la música. Al final, ellos mismos te dicen: “No sabía lo que decías, pero he sentido lo que querías transmitir”.

Guardando las distancias eres como el vocalista de una banda de rock en inglés que toca en Lima, que no está seguro de que lo entiendan, a pesar de que la gente repite sus coros.

Claro (sonríe), pero la gente igual está saltando. Es casi parecido a lo que me pasa, sí.

Hablando del rock en inglés, ¿sigues todavía a bandas de Heavy Metal?

Me he alejado un poco del metal. Es que he cambiado de manager (mira de reojo a Cali Flores, que la escucha atento), y él no es de ir a conciertos. Mi anterior manager sí me invitaba. Y yo quería conocer el mundo del metal, el heavy metal, el trash metal y todos lo metal que hay (se ríe), aunque hay algunos muy locos y no los entendía.

Volviendo al quechua y a tu música, en Warmi, tu primera producción, hay historias muy fuertes, de mujeres que perdieron a sus hijos.  Tú pones todo tu corazón al escribir estas historias en quechua, ¿no es una pena que no te puedan entender?

Bueno, si realmente quieren entender, tienen que comprar el disco. Allí está la letra; en español, en inglés y en quechua (se vuelve a reír, pero esta vez con más ganas). Y sí, pues, el mensaje es fuerte, allí yo no hablo de un amor romántico, hablo de personajes reales, que he visto, con los que he vivido. No me los he inventado, a diferencia del segundo disco, en el que hay canciones de amor y tienen un bonito mensaje.

Claro, pienso en ‘Citaray’, esta mujer que busca a su hijo muerto para darle de comer.

Lo que pasó con ella es que en época del terrorismo perdió a su hijo y quedó en shock. Entonces empieza a hacer cosas que hacía cuando su hijo estaba vivo, para consolarse a sí misma, para curar ese dolor de madre soltera. Y esa costumbre de la comida sigue vigente. A veces las campesinas dicen: “Papay, siéntate”. Y sirven un plato más.

¿Para la persona ausente?

Sí, el plato está servido, pero la silla está vacía. Siempre hay agua, le festejan el día de su cumpleaños, rezan. Son cosas que todavía se hacen.

Ahora, no todo es tristeza en Warmi, también hay momentos divertidos. En ‘Para’, esta canción que trata sobre la lluvia, está la voz de una abuela furiosa que le reprocha al nieto travieso porque no mete el ganado al establo. “Q’anra warma” (muchacho malcriado), le grita.

Sí, (se ríe) es verdad. Es una historia inspirada en una tía que ya falleció. Ella vivía al costado de nuestra chacra y cuando llamaba a su nieto, gritaba: ¡Alecuuuuuuuuucha! Y el cha, cha, cha de ese nombre se repetía como un eco entre los cerros.

¿Cómo se llamaba ella?

Carmen. Tenía una voz muy aguda, muy bonita.

¿Y los traviesos eran los nietos de la tía o eras tú misma la q’anra warma?

Nooo (sonríe), eran los nietos de la tía. La historia que sí está inspirada en mí es la de ‘Vaca vaca’. Hubo un tiempo de sequía en Huanta y teníamos que seguir al ganado unas tres o cuatro horas, hasta el río, para que tomen agua. Un día, después de varios meses, el cielo empezó a nublarse, llovió muy fuerte y se vino el huayco. Se murieron casi todos los animales. No estábamos preparados para regresar a la casa. El río se llevaba a los animales, yo me agarré a un pavo que teníamos como 15 años en la familia, era casi como una persona más, con la otra mano me sujetaba de un árbol. Las crías del burro, los burritos, todo se lo llevaba el río. Las vacas trataban de nadar. Eso fue horrible, nunca he contado eso del huayco, fue algo muy triste.

¿Cuántos años tenías cuando te pasó eso?

Nueve años. Nunca lo he olvidado, por eso quería contarlo.

Hay gente en el Perú que no sabe qué es un huayno. A una entrevistadora, hace poco, tuve que explicarle qué era un harawi, un yaraví, apenas conocía algo de huayno, nada de quechua.

En este nuevo disco, la cosa es distinta. No son tus recuerdos, sino huaynos rescatados por José María Arguedas.

Algunos son escritos de José María Arguedas, poesía, otros sí son huaynos clásicos. Él quería eso, que no se pierda la identidad peruana, las costumbres, el quechua. Fue una cosa que me recomendó mi manager y acepté. Hay gente en el Perú que no sabe qué es un huayno. A una entrevistadora, hace poco, tuve que explicarle qué era un harawi, un yaraví, apenas conocía algo de huayno, nada de quechua.

Más allá de tu condición de artista, ¿dirías que eres una persona que reivindica el quechua?

Quiero que no se pierda. No quisiera despertar un día en un mundo en el que nadie sepa quechua. Es lo que pasa con el muchik (la antigua lengua moche),

Tú dices que solo hay tres personas que lo hablan en el país.

Habían tres personas, una de ellas murió. Ahora son dos. Y tampoco lo hablan correctamente. Solo son palabras o frases. Ya se ha perdido.

¿Qué es lo correcto? ¿Huayno o huaynito?

¡Huaynito!

Con cariño.

Siempre.

¿Pero decirle huaynito no es como minimizarlo?

No. Depende de cómo lo dices. Decir “esos huaynitos” (hace un gesto de desdén para reforzar su idea), es distinto a gritar “¡Mi huaynito!”, con alegría.

Hablemos del cine. A la Teta Asustada le han seguido otras seis o siete películas en las que actúas, pero ninguna de ellas ha sido exhibida en Lima. Eres una de nuestras actrices con mayor proyección, pero no te ven en tu país.

Sí. Según las lenguas (sonríe), no compran esas películas y por eso no las traen ni las estrenan. Por eso se quedan en Europa, donde tienen éxito. Pero sí hay forma de ver mis películas. Para eso está nuestro Polvos Azules, aunque todo sea pirata. ¡Quién no compra en Polvos! (sonríe).

Estábamos hablando de tus orígenes, del quechua, recuerdo que también has pasado por momentos desagradables cuando te han lanzado expresiones racistas, ¿te ha vuelto a pasar?

No, ya no ha pasado. Aunque pienso que puede pasar de nuevo, siempre me pueden atacar, en las redes sociales me van a decir lo que les da la gana. Cuando eso ocurre, yo respondo, digo lo que siento, le pongo un alto y lo dejo. Otra cosa sería si alguien me dice una cosa así en la cara.

¿Alguna vez alguien te ha dicho algo así en persona?

Sí, y le he dado un puñetazo. Pero eso fue cuando era chiquilla. Ahora no, porque soy conocida (sonríe). Es que todo era terrible, también había muchachos que me perseguían, que me pedían un besito, eran acosadores. Yo les respondía que si se acercaban les iba a rajar la cabeza con una piedra. Y retrocedían. Es que en la sierra hay mucho de eso. Hay hombres mayores que acosan a las niñas. Eso no debe pasar. En el Perú, eso debería desaparecer.

¿Veías mucho de ese acoso en el colegio? ¿Maestros acosando alumnas?

Ufff… no sabes todo lo que han visto mis ojos, hombre. A veces digo que mis ojos son más viejos que yo. Claro que he visto ese tipo de acoso. Por una nota, por una caja de cerveza, aprueban a las alumnas y ellas lo aceptan. Eso es una pena. El respeto y la dignidad está en cada mujer. De eso también hablo en el disco Warmi. La violencia no se da solo con golpes, también con el acoso. La cosa es no dejarse. Si te dejas estás muerta, así de simple.

Qué será, hombre. Puede ser envidia. Ver a una mujer de la sierra que no se calla. Y sobre todo son hombres los que insultan, no son mujeres. Lo que me llama la atención es que los que me atacan por redes son hombres que tienen unas fallas ortográficas horrorosas.

Estaba pensando de nuevo en las expresiones racistas que te han lanzado. ¿Te has preguntado por qué lo hacen?

Debe ser su impotencia por no poder conquistarme (se ríe).

Te veo modesta.

Qué será, hombre. Puede ser envidia. Ver a una mujer de la sierra que no se calla. Y sobre todo son hombres los que insultan, no son mujeres. Lo que me llama la atención es que los que me atacan por redes son hombres que tienen unas fallas ortográficas horrorosas. Yo me digo, qué puedo esperar de una persona que escribe así. 

Ahora, vi que hace poco declaraste que La Paisana Jacinta, este programa que ha sido calificado de racista, te divierte, ¿por qué te divierte?

No me divierte, a veces me río cuando lo veo. Los que lo ven son mis hermanos. Ayer mismo uno de mis hermanos estaba viendo ese programa y se reía a carcajadas. A mí no me da risa todo lo que hace, a veces también me hacen renegar. A veces digo: “Cuándo van a aprender a actuar”.

¿Lo que te molesta de la Paisana son las malas actuaciones?

La verdad es que sí, son muy malos actores.

¿Pero este programa no refuerza algunos estereotipos negativos? Se grafica a las mujeres del ande desmueladas, tan poco agraciadas que deben ser interpretadas por un hombre, sucias, tontas.

No, no. Eso no es así. Ese personaje jamás va a representar a la mujer del ande. Las mujeres del ande no son así. Es un personaje, una ficción. Cómo crees que me voy a sentir representada por algo así, qué horror. Mira, te voy a ser franca, lo único que me hace reír de ese personaje es su expresión, ese “ñañañaña” que dice a cada rato.  Pero yo no lo veo. Allá quienes lo ven.

O sea, tus hermanos.

Sí, pero yo no los puedo juzgar. Ellos no leen lo que yo leo, ni ven lo que yo veo. No vamos a tener los mismos gustos por el hecho de que salimos por el mismo lugar, no, eso no es así. 

¿Cuál es el peor insulto racista que has recibido?

Lo peor… (se detiene a pensar unos segundos). Una vez me dijeron “Maldita puta chola”. Lo tomé con calma. Me puse a analizar. No soy puta, no soy maldita, sí soy serrana, claro. Pero todo eso que leo no me ofende, no soy lo que ellos me dicen.

Ahora eres madre, ¿cuál sería tu reacción si le lanzan un insulto racista a tu hijo?

(Suspira) Mira, dicen que la violencia trae más violencia. Pero en ese caso no esperaría a que nadie me defienda. Si me agreden yo me defiendo, así soy yo.

¿Y cuánto influye la maternidad en una artista? ¿Cómo te cambia como actriz y cantante?

Te hace más sensible. Dios me dio ese regalo. Yo había perdido sensibilidad, me había vuelto desconfiada.

Sobre todo con los periodistas.

No solo con los periodistas, con la gente que me rodea. Cuando iba en el Metropolitano a veces sentía que la gente se me acercaba mucho, como si me conociera de años.

Pero cuando llegué a tener mi bebé esa desconfianza cambió. Tenía sentimientos extraños, no sabía cómo disfrutarlos. En casa nunca hubo ese amor tan raro que yo sentía por mi hijo.

¿Eres de subir mucho al Metropolitano?

Cuando estoy con la hora, hombre (se ríe). Pero cuando llegué a tener mi bebé esa desconfianza cambió. Tenía sentimientos extraños, no sabía cómo disfrutarlos. En casa nunca hubo ese amor tan raro que yo sentía por mi hijo.

¿Tuviste una relación difícil con tu mamá?

No, todo fue muy bonito, pero crecimos bajo el carácter fuerte de mi madre, en el campo. Yo siento que soy más sensible, apapacho a mi bebé siempre. Pero es algo que tuve que descubrir.

Has hecho kung fu, ¿todavía lo practicas?

Mi primera pasión fue ser atleta, también hice kung fu, como defensa personal.

¿Todavía lo haces?

Sí, he estado practicando. Es que mi hermano se dedica a eso.

¿Es tutor de artes marciales?

Él enseña karate y kung fu.

Me dijiste que alguna vez habías puesto en su sitio a un acosador…

A varios…

De acuerdo, lo que quería saber es si alguna vez has golpeado a una mujer.

Jamás. Me tiemblan las manos de pensarlo. Si me insultan, me iría, o le agarraría las manos con mucha fuerza, la abrazaría.

¿Y por qué haces esa diferencia? Si fuera un hombre lo golpearías sin dudar.

No sé, es que una mujer es como si fuera mi mamá. Eso siento. Pero con un hombre es distinto, hay tanto mañoso. A mí una vez me tocaron el trasero.

En Huaraz, cuando estábamos grabando Madeinusa, un tipo vino y me tocó. Yo le pegué. 

¿Cuándo?

En Huaraz, cuando estábamos grabando Madeinusa, un tipo vino y me tocó. Yo le pegué. 

Ok. Ya veo que hay que andar con cuidado contigo. Dicen que quieres interpretar a una heroína de acción, algo como Indiana Jones.

Mejor algo como Kill Bill (se ríe).

¿En serio?

Sí, por qué no. A mí me encantan las películas de acción, las de Clint Eastwood.

¿Qué costumbres del ande te llevas en tus viajes? ¿El chacchado?

Sí, siempre me llevo mi hoja de coca, estoy descansando y masco tranquila. Me preguntan, ¿qué comes? Yo les respondo: Stevia. Y de verdad mezclo la coca con la stevia, es adelgazante.

¿Invitas tu mezcla de hoja de coca con stevia?

Sí, ahora que estaba en Marruecos la repartía entre los actores que tenían dolor de cabeza. Pero poquito nomás, yo no cargo un montón de coca.

Un dato final, ¿es verdad que confundiste a Pedro Almodóvar con un chofer?

Nooo. Bueno, sí, es que es muy distinto a como lo ves en la tele. Nos estaban revisando para entrar al Oscar y yo pensaba: “Ese me parece conocido. Pero no, no puede ser, debe ser un guardaespaldas o un chofer”. Luego le pregunté a la mamá de Claudia Llosa y ella me dijo que sí era Almodóvar. Creo que eso no fue lo peor. Lo peor fue que lo conté en España, en la tele. Más bruta. Pero la sinceridad vale.

Emilio Camacho

Publicada originalmente el 29 de marzo de 2014 en La República.

Titular original: “No quisiera despertar un día en un mundo en el que nadie sepa quechua”

Magaly Solier en Chorrillos, en la casa estudio de su manager. Foto tomada para La República por Ana Castañeda. Marzo de 2014.

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